El encanto de Francis Scott Fitzgerald

by - agosto 05, 2011

Por Ignacio Valente

Scott Fitzgerald (1896-1940) miraba en menos su centenar y medio de cuentos (en comparación con sus novelas), y muchos le creyeron esa opinión peyorativa, reforzada por el hecho de que los escribiera a granel, y para revistas de amplia circulación, sobre todo el Saturday Evening Post , y aun más, en rápida sucesión (por estricta necesidad económica: de eso vivía). Y por eso tardó décadas su revaloración como eximio cuentista, que hoy es incuestionable.
Fitzgerald o el encanto
Los 43 relatos contenidos en las casi mil páginas de este volumen (que no es una antología de los mejores) permiten apreciar, no obstante las circunstancias de su escritura, una alta exigencia autocrítica. Si Fitzgerald los escribió por necesidad de sobrevivencia, no lo hizo sin el placer de escribir bien, ni lo hizo sin alegría creadora, como es patente en su resultado. Raymond Chandler sintetizó su calidad peculiar con una sola palabra, que lo dice todo: "encanto"; y explica: "una especie de magia tenue, controlada y exquisita".

Casi no hay texto que no contenga, en su cálida humanidad y entre abundantes toques de ternura, múltiples golpes de ingenio, de mesurada ironía o de humor finísimo. La prosa es estupenda (la traducción castellana de este volumen es inusualmente buena). Los diálogos, abundantes y rápidos, nos ganan por su espontaneidad y realismo. Y los caracteres, revelados siempre con trazos veloces y precisos, son memorables, sobre todo los femeninos: ¡qué psicología de la mujer! La adolescente, la adulta, la mayor, son personajes que corresponden del todo a su época y lugar -son las norteamericanas de la primera posguerra-, pero se nos presentan de tal modo que siempre permiten atisbar en ellas algo universal, un hálito de lo eterno femenino.
Suave crítica de la vida
Tema centralísimo de estos cuentos es el amor, sobre todo adolescente, correspondido o no. Pero también son líneas temáticas el paso del tiempo y el envejecer, el poder constructor -y sobre todo destructor- del dinero, el contraste entre el Norte y el Sur de los Estados Unidos, la identidad norteamericana y la inglesa -con frecuencia en su contraste mutuo-, y la colonización de París por los millonarios norteamericanos entre los breves y locos años 1920-1925. Por el telón de fondo de estos relatos se mueve la historia del país -bajo la forma de estados de ánimo más que de acontecimientos- desde la primera guerra mundial, pasando por la gran depresión, hasta 1940.

Estos cuentos practican toda una suave y penetrante crítica de la vida, desde luego de la vida yanqui y la sureña, pero sobre todo de la inglesa, con la que no simpatizaba. Léase en este contexto la siguiente observación, que describe cierta costumbre femenina inglesa "a la manera que se había generalizado desde que las damas británicas se educaban imitando a las damas británicas de las novelas". Y esta otra: "era una mujer joven, medio americana y, por eso mismo, absolutamente inglesa". Estamos en las antípodas de Henry James, y también de T. S. Eliot y de Ezra Pound: Fitzgerald aporta una cierta valoración (no acrítica) de la inocencia de su país natal frente a las astucias -cuando no al cinismo- de la vieja Europa.
Los mundos de Fitzgerald
En estas breves líneas es difícil señalar cuentos mejores, por su calidad bastante pareja. Los primeros, escritos a los veintitrés años en torno a las hermosas flappers -chicas adolescentes a la moda-, tienen ya tantos aciertos expresivos, tantos diálogos chispeantes, que al cabo de casi un siglo, y a pesar de lo tópico de sus personajes, se leen con no poco placer. Entre las novelas cortas que incluye este volumen, "El joven rico" es más elocuente que un tratado psicosocial sobre el alma del rico... y sus penurias. "Corto viaje a casa" es el único "cuento de fantasmas" -no cuento fantástico- escrito por Fitzgerald. "Los nadadores" es una buena humorada que, de paso, vuelve a tematizar el contraste entre Estados Unidos y Europa (esta vez Francia). Tanto "El extranjero" como "Regreso a Babilonia", entre otros, movilizan a sus compatriotas ricos que, viviendo por unos meses o años en Europa, más que cultivarse se corrompían. El mundo del cine en Hollywood, esa selva que el autor conoció por dentro como guionista, aparece en varios cuentos; el mejor de ellos me parece "último beso". Más adelante se hace presente el hundimiento de Wall Street: así en "La boda". Para qué seguir; la lista sería larga.

Un defecto puntual de nuestro autor es la caída de su imaginación en lo grotesco, que afecta sólo a dos relatos de esta colección, por lo demás no carentes de ingenio. Y otra limitación -más habitual- es la marcadísima frecuencia con que las heroínas de estos cuentos son bellísimas, fascinantes, etc.: parecería que la mujer menos agraciada era menos narrable para Fitzgerald. También a veces abusa él de los encuentros fortuitos de dos personajes, en la calle o en un bar, para resolver situaciones que de otro modo no tenían una buena salida argumental.

¿Son superficiales estos textos tan llenos, por otra parte, de vitalidad? Si lo son, lo son encantadoramente. Esos críticos que los encuentran poco "profundos" pueden sumergirse en las novelas cortas completas de Thomas Mann, que acaban de aparecer también en castellano; allí podrán hartarse de la morosa profundidad del tedio y de la decadencia burguesa.

Leer relatos de Fitzgerald puede ser, por fin, una provechosa lección práctica para escritores noveles, que aprenderán el gran valor narrativo y la fuerza agregada de los detalles expresivos: una buena y moderada metáfora, una observación ingeniosa, una imagen que es todo un hallazgo, una apostilla simpática, una mera palabra extrañamente exacta, toques mínimos que, en su sitio apropiado, pueblan los párrafos y aun los parlamentos de estas amenísimas narraciones.

Tomado de: http://letras.s5.com/fsf300611.html

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