Ensayo escrito por el literato salvadoreño Horacio Castellanos Moya. El ensayo "La guerra: un largo paréntesis" fue publicado en la edición española de la revista Letras Libres, correspondiente a septiembre de 2004 y ha sido publicado en a finales del 2010 en el libro "Breves palabras impúdicas. Un ensayo y cuatro conferencias" de la Colección Revuelta lanzada por le Centro Cultural de España y que recopila una serie de escritos de Moya (“La guerra: un largo paréntesis”, “PolÃtica, humor y ruptura”, “El cadáver es el mensaje. Apuntes sobre literatura y violencia” y “Lo polÃtico en la novela latinoamericana”).
Por Horacio Castellanos Moya
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Era una tarde lluviosa de sábado, quizá a mediados de agosto de 1978, en una vieja colonia de San Salvador llamada La Rábida. Tres jóvenes poetas, cuyas edades oscilaban entre los 20 y los 24 años, bebÃan cerveza y discutÃan los textos que publicarÃan en la revista artesanal que ellos mismos producÃan y distribuÃan. A lo largo de la tarde habÃan pasado por esa casa un director de teatro, un pintor y un tipo vinculado a los artistas de circo. TraÃan materiales o proyectos para incluir en la revista; charlaban, bebÃan un poco de cerveza, fumaban yerba y partÃan.
La atmósfera era relajada. En algún momento, hacia el final de la tarde, cuando los poetas ya no esperaban más invitados, sonó el timbre de la casa. Los poetas voltearon a verse. Uno de ellos, no el anfitrión, fue hasta la sala a ver quién habÃa tocado. Eran ya tiempos de violencia y zozobra polÃtica. El poeta, pues, se asomó con cuidado por la ventana: en la calle estaba un tipo gordo, cachetón, de mirada siniestra, con las faldas de la camisa por fuera. Al poeta se le heló la sangre. El gordo preguntó por Alberto; ninguno de los poetas ni de los invitados respondÃa a ese nombre. «Aquà no hay ningún Alberto», balbuceó el poeta, sudando frÃo. El gordo le lanzó una mirada amenazante; luego caminó hacia el otro lado de la calle, donde otros tres tipos lo esperaban en un Jeep de los utilizados en la segunda guerra mundial. El poeta sintió que le flaqueaban las piernas; no tuvo ninguna duda: eran de la policÃa polÃtica. Volvió a la mesa del comedor donde los otros continuaban discutiendo la pertinencia de publicar o no cierto poema.
